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divendres, 7 d’agost del 2020

Boquita de raníbilis

Mota del Cuervo, fiestas patronales 1948 (foto S. Piqueras, propiedad familia Piqueras-Carrasco)

NOTA [Catalán; a continuación en castellano]

El 2004 l'Asociación de Amigos de los Molinos, de Mota del Cuervo (poble de la Manxa on va néixer el meu pare), va convocar el II Premio de Cuentos Briareo, al qual es podien presentar relats que tinguessin relació amb aquell poble, la Manxa, el Quixot... En llegir la convocatòria vaig recordar un viatge fet amb el meu pare el 1997, quan ell tenia vuitanta-quatre anys (el meu pare va morir el 2005). Deia que tenia ganes d'acomiadar-se del seu poble, fer-hi una visita que sabia que seria l'última i va demanar que algun dels seus fills o la filla l'hi portés. Hi vaig anar jo i aquell viatge em va inspirar per escriure un relat que va rebre un accèssit del Premio Briareo i que es va incloure en un llibret amb el conte premiat i altres accèssits.

Tot i que el conte està inspirat en el darrer viatge del meu pare al seu poble i en coses que ell m'havia explicat al llarg dels anys, vull fer constar que no és un relat biogràfic. He buscat si en algun racó d'Internet hi ha la versió digital dels relats premiats, però no l'he trobada. Per això em decideixo a publicar el conte en el meu blog.

NOTA

El 2004, la Asociación de Amigos de los Molinos, de Mota del Cuervo (pueblo de la Mancha donde nació mi padre), convocó el II Premio de Cuentos Briareo, al que se podían presentar relatos que tuviesen alguna relación con aquel puebo, la Mancha, el Quijote... Al leer la convocatoria recordé un viaje hecho con mi padre el 1997, cuando él tenía ochenta y cuatro años (mi padre falleció en 2005). Decía que tenía ganas de despedirse de su pueblo, de visitarlo en la que sabía que sería la última visita y pidió que alguno de sus hijos o su hija lo llevase hasta allí. Yo lo acompañé y aquel viaje me inspiró para escribir un relato que recibió un accésit del Premio Briareo y que se incluyó en un librito con el cuento premiado y los otros accésits.

Aunque el cuento está inspirado en el último viaje de mi padre a su pueblo y en cosas que él me habia contado a lo largo de los años, quiero hacer constar que no es un relato biográfico. He buscado si en algún rincón de Internet hay la versión digital de los relatos premiado, pero no la he encontrado. Por eso me decido a publicar el cuento en mi blog.

Boquita de raníbilis

Padre, no te duermas ahora, que estamos llegando.

Aunque hoy sea un día especial y la emoción por visitar de nuevo su pueblo —¿por última vez quizás?— lo haya mantenido espabilado, Juan tiene que esforzarse para que sus ojos permanezcan abiertos. Son casi las tres de la tarde, la hora de su siesta. El sol cae implacable sobre el paisaje manchego y hiere sus ojos cansados y enfermos. Los cristales oscuros superpuestos a sus gafas no son suficiente protección contra esa luz deslumbrante que ya tenía olvidada. Hace unos minutos han dejado atrás el cruce del Pedernoso y el coche enfila ya la última cuesta. Un poco más adelante tendrán ya ante sus vista los molinos. Su corazón acelera el ritmo, parece que le vaya a estallar.

Carmen, cuando llegues al pozo de la nieve, ¿no podrías desviarte hacia la derecha? Me gustaría ir hasta los molinos antes de entrar en el pueblo. Quiero ver cómo está el Zurdo. Leí que lo habían restaurado.

Su hija le ha oído contar muchas veces la historia del Zurdo, el molino cuyas aspas giran en sentido contrario a los demás y al que un juez castigó sin trabajar por haber matado a su dueño cuando lo atrapó entre sus aspas. De pequeño, a Juan le gustaba subirse a la sierra a verlo trabajar. Entonces era el único molino que quedaba de los muchos, más de cincuenta, dicen, que había tenido el pueblo. El amo del Zurdo, Espiridión, el panadero, dejaba entrar a Juan, el cual ayudaba a algunas de las faenas a cambio de un puñado de titos. A él, como a todos los chicotes del pueblo, le gustaba prender fuego a las vainas de las almortas y comerse luego las semillas tostadas. Algunos amigos suyos las conseguían afanándolas de los carros cargados. Iban en grupo y cuando el carretero intentaba perseguir a uno de los asaltantes, sus compañeros aprovechaban para coger un puñado de titos de la carga del carro. O se iban a la era y aprovechaban cuando el guardián dormía para llevarse una brazada. Pero Juan era muy tímido y se hubiese muerto de vergüenza si lo hubiesen pillado robando titos. Titos o cualquier otra cosa. Para obtenerlos, prefería ir al molino a ayudar al Hermano Espiridión.

Con el tiempo, la recompensa de los titos fue lo de menos. Le fascinaba ver trabajar el molino. Al principio sólo le dejaban entrar al silo, donde echaba una mano en la descarga o vigilaba las mulas, y a la camareta, donde ayudaba a limpiar el grano o a ordenar los utensilios de la molienda. Un día que el amo estaba solo, la dirección del viento cambió bruscamente. Era preciso accionar el borriquillo para girar el tejado y que el molino siguiese trabajando. Pero una persona sola no puede mover el borriquillo. Juan se ofreció para ayudarle. Dadas las circunstancias, Espiridión aceptó. No creía que aquel chicote esmirriado tuviese la fuerza necesaria para ello, pero probándolo no se perdía nada. Y la tuvo, la fuerza. Desde ese día, Juan pudo acceder al moledero y a todos los rincones del molino. Además de las tareas habituales de la molienda, aprendió a nivelar la piedra, a separar la rueda volandera y la linterna cuando se acercaban demasiado la una a la otra, y a asegurar las cuñas interiores de la rueda catalina.

Juan tenía trece años cuando sus padres decidieron irse del pueblo. Allí apenas había trabajo y no veían ningún porvenir para sus hijos. Su tío Nicasio, que llevaba varios años en Barcelona, les convenció para que se fuesen para allí. Se preparaba una gran exposición universal y la mano de obra iba muy buscada. El padre y los tres chicos seguro que encontrarían pronto trabajo. Las chicas podrían colocarse de sirvientas o en alguna fábrica. Al principio, la vida en Barcelona fue dura. Pero poco a poco se fueron abriendo camino; sus hermanos, en la construcción, dos de las chicas se colocaron en la Fabra y Coats —una fábrica de hilos de costura, los mismos que compraban las mujeres del pueblo en la tienda de la Hermana María Rosa—; la otra, de dependienta en un mercado. A Juan le atraían los motores; entró de aprendiz en un taller y pronto logró ser oficial, el más joven. Un cliente se dio cuenta de las dotes extraordinarias de aquel muchacho para la mecánica y le dijo que era una lástima que no estudiase, que tenía talento para ser por lo menos ingeniero. Y estudió. Lo hizo sin dejar de trabajar y pagándose él mismo los estudios. Primero el bachillerato y, aprobado el examen de estado, se matriculó como alumno libre en la Escuela de Ingenieros. Tuvo la suerte que le tocase hacer el servicio militar en la misma ciudad y el tiempo que estuvo en filas pudo dedicarse incluso más a los estudios.

Reincorporado a la vida civil y al trabajo, la guerra truncó sus aspiraciones y las de tantos jóvenes en el país. Su hermano Miguel murió en el frente de Teruel. A él lo destinaron a Extremadura. Su conocimiento de los motores le permitió mantenerse en la retaguardia; los oficiales no podían exponerse a perder el mejor chofer y único mecánico del regimiento. Por fin llegó la paz. Una paz que destrozó muchas familias y que causó el exilio de muchos miles de personas. Juan pronto fundó la suya, de familia. Tenía ya tres hijos cuando aprobó la última asignatura de la carrera.

Padre, quieres que lleguemos hasta arriba para ver los otros molinos, o vamos primero al mesón?

De los hijos de Juan, Carmen, la mayor, es la única que le llama “padre”, como era costumbre en las familias del pueblo.

Sigue, que total, ya casi estamos.

En lo alto del cerro no hay ni un solo coche. Carmen detiene el suyo y corre presta a abrir la portezuela de Juan.

No bajes sin la gorra, padre, que el sol quema mucho a esta hora.

Aunque el sol cae implacable, el viento que sopla casi siempre en lo alto del cerro proporciona una sensación de bienestar. Juan respira hondo mientras camina lentamente, apoyándose en su bastón. Se detiene a contemplar el paisaje. Un paisaje que nunca ha olvidado. Es cierto que el pueblo ha crecido —demasiado para su gusto, las últimas casas parece que se empinen ya por la sierra—, pero en conjunto, la vista es la misma. Por suerte no han construido edificios altos. El viento mantiene el cielo despejado. Juan entorna un poco los ojos —tiene la sensación de que así ve mejor— y otea el horizonte. A pesar del tiempo transcurrido, aún reconoce aquellos lugares.

Vamos padre, no vayas a acalorarte. Recuerda que no te convienen ni el frío ni el calor intensos. Aunque sople el viento, con este sol puedes congestionarte.

Mientras el coche baja serpenteando la carretera, Carmen se dirige de nuevo a Juan:

Padre, cuando yo era pequeña me enseñaste los nombres de los vientos que soplaban por aquí, pero solo recuerdo el solano, por el título de una novela que leí años más tarde; se llamaba Con el viento solano. ¿Cómo eran los otros?

No sé si los recordaré todos— responde Juan mientras busca en el archivo de su memoria—. Veamos: solano, cierzo, ábrego, mariscote, barrenero… algunos más habría, pero a mí también se me han olvidado.

* * * * * * * * * * *

A las siete de la tarde, después de descansar unas horas, ya instalados en el mesón, Juan está listo para ir a dar un paseo.

¿Quieres que vayamos a hacer alguna visita, padre? ¿A ver a las hermanas Canelas, quizás?

Las Canelas eran las vecinas de toda la vida, una familia muy numerosa, y casi todo mujeres. De los ochos hijos que tuvo el hermano Canelo, sólo uno salió varón. Por eso les llamaban las Canelas.

No, hoy todavía no —responde Juan—. Prefiero pasar desapercibido. Mañana, después de lo del Ayuntamiento, ya habrá tiempo para encuentros y visitas.

En la plazoleta cercana al mesón, un grupo de ancianos sentados sobre un poyete mantienen una animada tertulia. Juan los observa intentando reconocer a alguno de sus amigos de la infancia tras aquellas pieles arrugadas y aquellos ojos cansados, como los suyos.

Pos, cuando yo vivía en Barcelona, me codeaba con lo mejorcito —cuenta uno de ellos—.

Amos, que no te gusta fanfarronear. Ya me dirás con quien se codean los cobradores de autobús —replica uno de los contertulios.

De fanfarronear, nada. ¿Crees que miento? Pues no. Lo del autobús fue mucho antes —aclara el primero—. Cuando me jubilé llevaba ya tres años de guardia en el Museo de Montjuïc, que está en un palacio muy grande. Yo he conocido a muchas autoridades, hasta al mismo alcalde, ese de los ojillos pequeños que ahora es presidente de Cataluña. Y llevaban al museo a visitantes importantes. Allí me entrevistaba con turistas de el mundo. Los japoneses son los mejores, muchos me pedían pa hacerme una foto con ellos.

Al darse cuenta de la presencia de Juan, lo observan con curiosidad.

Buenas tardes —les dice Juan al ver que lo están mirando.

Buenas tardes tenga usté —contestan a coro.

El del museo se dirige a Juan:

¿Qué, de turismo por estas tierras?

Sí, unos días de descanso —responde aquél.

Pos, que descanse usté en paz, amigo —replica el del museo. Todos ríen al unísono la broma.

Juan juraría que el del museo es Manolo, el que fuera íntimo amigo de su hermano Romualdo. No sabía que hubiese vivido también en Barcelona. Su hermano seguro que tampoco se enteró nunca.

Dan la vuelta y, tras cruzar la carretera, siguen por una de las principales calles del pueblo, que ahora es peatonal. Zigzagueando un poco, la calle llega hasta la plaza. Hay bancos para sentarse y algunos bares han instalado en la calle sus terrazas. A Juan le sorprende esa proliferación de terrazas y aún más que casi todas las mesas estén ocupadas.

Dicen que no hay juventud en los pueblos. Sin embargo, nadie lo diría viendo cómo está esto. ¿Será el equivalente a nuestro roce? —comenta Juan.

¿Roce? ¿Qué es eso, padre? Nunca me lo has contado —pregunta extrañada Carmen.

El roce era el lugar de encuentro de chicos y chicas, donde íbamos a pasear. No hacíamos más que andar en uno u otro sentido, cruzándonos y provocando a veces el roce de nuestro brazo con el brazo de la chica que nos gustaba. De allí salían muchas parejas de novios.

* * * * * * * * * * *

De regreso al mesón, en la recepción les entregan un sobre. Lleva el membrete del Ayuntamiento.

Lo trajo el mismismo señor alcalde —comenta el recepcionista.

Es una nota de bienvenida y un recordatorio del programa para mañana. Ha dejado su número de teléfono particular por si Juan necesita alguna cosa o desea alguna aclaración.

Padre, ¿les dijiste lo de tu régimen? No sería de extrañar que en el banquete te quieran obsequiar con platos típicos de la tierra. A ver si te van a sentar mal, que son muy fuertes. Además, ya sabes que deberías comer sin sal.

Por una comida no me va a pasar nada. Además, eso de que los platos de la Mancha son muy fuertes lo dirás tú. ¿No recuerdas el pipirrana, el pisto y el atascaburras tan sabrosos que preparaba la abuela? ¿Me dirás que son fuertes?

No, pero también nos preparaba gachas y ajopringue, que llevaban hígado de cerdo. Por no mencionar el morteruelo, al que además de hígado de cerdo en gran cantidad, echaba menudillos de ave, carne de caza y especias, o el gazpacho manchego, con conejo y perdiz. Y aquellas pastas tan ricas, pero con una enorme cantidad de grasa.

Cenan en el mismo mesón y se sientan luego en el bar a tomar unas infusiones. Cuatro ancianos juegan a dominó en la mesa vecina. Uno de ellos se despide enseguida, dice no encontrarse bien. Los otros exclaman en voz alta su contrariedad por no poder continuar la partida a dobles. Juan no se lo piensa dos veces:

Perdonen, pero si les falta una persona para continuar jugando, yo podría suplir a su compañero. De todos modos, les prevengo que hace muchos años que no he practicado.

De joven le gustaba mucho el dominó. Aprendió la estrategia viendo jugar a los mayores del pueblo en el bar de la plaza, el de la droguería. Los jugadores aceptan encantados. Aunque no conocen de nada a ese forastero, les viene como anillo al dedo para continuar el juego.

Nosotros no jugamos dinero, ¿sabe usté? Pero la pareja perdedora paga la consumición de los cuatro. ¿Le parece bien? —le aclara uno de los jugadores antes de empezar.

De acuerdo —responde Juan y se sienta a la mesa con ellos.

A pesar de los años, Juan sigue siendo muy buen jugador. Su mente se mantiene despierta y está atento al juego de los demás. Su pareja es de los que enseguida se desprenden de los dobles. Está seguro de que sería capaz de salir de viuda si tuviese el doble seis. Pero él, con su intuición, puede adivinar cuándo sucede eso. La partida está muy equilibrada y la puntuación sube ahora en un bando ahora en el otro. Los dos equipos están a falta de pocos puntos para ganar. De pronto, Juan se da cuenta de que tiene en sus manos el cierre. En un extremo está el tres: en el otro, el cuatro. Es el último cuatro. Toma la ficha y la deposita con fuerza sobre la mesa, como hacían los mayores cuando él los veía jugar en el bar de la plaza, al tiempo que dice, alzando la voz:

¡Boquita de raníbilis! ¡Y cerramos!

Los otros jugadores lo miran asombrados. Un grupo de hombres en otra mesa han vuelto la mirada, también sorprendidos, aparentemente. El compañero de equipo de Juan exclama:

¡Me parece que usté nos ha estao engañando! Ningún forastero llamaría al cuatro «boquita de raníbilis». Eso solo lo dice alguien que vive o ha vivido aquí.

El que está a su derecha lo mira fijamente y dice:

¿Tú no serás Juanillo, el que vivía al lao de las Canelas? Me dijo el Calixto que le daban una medalla. Bueno, que te daban. Porque tú eres Juanillo, ¿verdad? Veo que aún se te nota la cicatriz de cuando te clavaste aquel gancho en la mano. Yo soy Eupilio, ¿te acuerdas de mí? ¡Qué alegría verte! Y qué orgullo, haber sido amigo de alguien tan importante como tú. Anteayer me enteré de lo de la medalla y pensaba ir mañana al Ayuntamiento. Mira si m’he alegrao de verte, que no me importa perder la partida.

* * * * * * * * * * *

Juan tiene que esforzarse para mantener los ojos abiertos. ¡Cómo se le ha ocurrido a su hija emprender el regreso a las tres, después de comer, a la hora de su siesta!

Carmen, al llegar al pozo de la nieve, desvíate hacia la izquierda. Quiero despedirme del Zurdo.

Mercè Piqueras, julio 2004.

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Mota del Cuervo i les normes de civisme (aquest blog, 13.02.2010), sobre unes ordenances que es van aprovar en aquest poble per millorar el civisme i la conviència.

diumenge, 6 d’agost del 2017

Estius pretèrits (V): Oak Park i Frank Lloyd Wright

Frank Lloyd Wright (Wikimedia Commons)
Llegeixo que enguany es commemora el 150è aniversari del naixement de l'arquitecte nord-americà Frank Lloyd Wright (1867-1959). Un article de Catalina Serra en el diari ARA m'ha fet recordar la visita que, el 1996, vaig fer a la casa i estudi que Wright va tenir a Oak Park, prop de Chicago i on va dissenyar bona part de les seves obres. De tornada de Norcroft, vaig aturar-me de nou uns dies a Chicago i en buscar informació sobre llocs per visitar a la ciutat o els seus voltants, em va atreure la idea de conèixer directament l'obra de Wright, nom que em sonava però del qual creia que ho desconeixia gairebé tot, excepte que era l'arquitecte d'una casa famosa per aparèixer en un film d'Alfred Hitchcock (cosa que després he sabut que no és certa; les vistes exteriors de la casa que apareix a Con la muerte en los talones eren pintades i l'interior de la casa eren decorats que imitaven l'estil de Wright).

Fa bastants anys que vaig agafar el costum de prendre notes sobre el que veig i faig en els viatges i les impressions que en trec. Això em permet posteriorment recuperar els records que han quedat amagats en algun lloc de la meva memòria. He buscat les meves notes sobre aquella visita a Oak Park el 1996 i en copio aquí alguns fragments.
Moore-Dugal Residence, disseny de Wright (M. Piqueras, 1996)
El que m’havia empès a visitar Oak Park va ser l’interès per veure les cases de Frank Lloyd Wright i, si era possible, visitar la seva pròpia casa i l' estudi on treballava. Wright està considerat el millor aquitecte americà de les darreries del segle xix i el primer quart del segle xx. Molts creuen que ha estat el millor arquitecte en moltes generacions. En el poble hi ha més d’una vintena de cases dissenyades per ell; ben bé una dotzena es troben en el que hom anomena districte històric, que és la zona més interessant per visitar perquè constitueix una bona mostra dels diferents estils arquitectònics que estaven en boga en aquella època. La gran atracció és la casa on va viure l’arquitecte. Les visites estan limitades a petits grups d’un màxim de deu persones i cal apuntar-s-hi per endavant. Vaig estar de sort: podia visitar la casa en un grup que entraria una hora més tard. Mentrestant vaig dedicar-me a veure aquella mena de museu d’arquitectura que és el barri en el seu recorregut des del Centre d’Acollida (Oak Park Visitors Center) fins a la casa-estudi. Els edificis fets per Wright tenen un estil propi, molt avançat. Si abans de començar el recorregut no hagués llegit tota la informació sobre Wright, mai no hauria pensat que aquelles cases havien estat bastides fa més de setanta-cin anys. Semblen de construcció posterior a les d’altres cases del veïnat.

Casa estudi de Wright a Oak Park (MJ. Piqueras, 1996)
Quan Wright va casar-se, el 1889, treballava en l’estudi d’arquitectura Adler and Sullivan, a Chicago. Louis Sullivan va deixar-li 5000 dòl·lars per comprar un terreny a Oak Park, on va construir-se un petita casa de dues habitacions que després va anar engrandint, a mesura que la família augmentava. La parella va tenir quatre fills i dues filles i una de les ampliacions que va fer a la casa estava pensada especialment per a la mainada i és molt original. Consta de dues habitacions amb el sostre corbat formant una volta que recorda la volta catalana. (Qui sap si no devia inspirar-se en la volta catalana de Guastavino, que em sembla que en aquell època ja s’havia establert als Estats Units.) Una de les dues habitacions està dividida per un envà que no arriba al sostre i que delimita dos espais diferents: en un costat dormien les dues nenes i en l’altre els quatre nens. Les cambres que queden a un costat i l’altre de l’envà semblen molt petites per fer de dormitoris. Cal tenir en compte, però, que en aquella època, les famílies benestants enviaven ben aviat la mainada a pensionats. I els estius acostumaven a passar-los fora ciutat. Els Wright anaven a la casa de camp de l’àvia, a Richland (Wisconsin), on havia nascut el mateix Frank. Per tant, els sis germans no solien coincidir sovint a la casa d’Oak Park. I quan ho feien, es divertien d’allò més gràcies a l'originalitat de les cambres, que els permetia fer baralles de coixins, que llençaven a un costat a l’altre de l’envà. L’altra peça que Wright va fer construir per a la quitxalla era la sala de jocs. És una sala rectangular bastant gran on la llum exterior penetra pels finestrals apaisats que hi ha a les dues parets més llargues. En una de les altres dues parets hi ha una gran llar de foc i al costat oposat una estructura que recorda el cor d’una església, però en versió reduïda. La finalitat era únicament lúdica; que la mainada tingués un lloc per enfilar-se i jugar sense haver de sortir de casa durant l’hivern, que és molt llarg i dur en aquella regió.

El 1898 Wright va instal·lar el seu propi estudi adossat a la casa, en una construcció molt diferent de tot el que es feia aleshores, a la qual va incorporar moltes de les innovacions arquitectòniques que caracterizen el seu estil: van impressionar-me especialment una mena de pati central octogonal cobert i la biblioteca, també octogonal. El 1910, Wright va marxar a Europa amb la dona d’un client seu i el seu matrimoni va anar en orris. A la tornada va anar a viure amb el seu nou amor, cosa que en aquella època, en una societat força puritana, va causar un gran escàndol. Després la dona de Wright va deixar la casa, que va ser modificada per fer-ne diversos apartaments. El 1925 la casa es va vendre i amb el temps va anar degradant-se. Els 11 anys que Wright va treballar en aquell estudi van ser els més productius de la seva vida; hi va dissenyar uns 125 edificis, més d’una quarta part del treball de tota la seva carrera professional. Vers la meitat dels anys setanta es va constituir una fundació per a la restauració i manteniment de la casa i estudi de l’arquitecte. Abans d’obrir-la al públic van restaurar-la i van deixar-la amb l’aspecte que tenia els darrers anys que Wright hi va viure. Això va ser possible gràcies als plànols i nombroses fotografies de la casa —tant de l’interior com de l’exterior— que s’havien conservat. Aquest barri s’ha convertit actualment en una atracció turística, però no és un turisme massiu el que fa cap al districte històric d’Oak Park. La gent que hi ve ja sap el que hi trobarà.

Tot i que hi ha una diferència abismal entre les figures de Wright i de Gaudí, tant pel que fa a la seva vida —dominada per l’escàndol, Wright; gairebé monacal, Gaudí— com pel que fa a l’estil —predomini de les formes rectes, inspirades en l’arquitectura japonesa, el primer: predomini de les corbes i en formes inspirades en la natura, el segon— jo hi vaig veure molts de paral·lelismes. Wright va trencar amb l’estètica arquitectònica dels seus contemporanis, que pot veure’s en moltes altres cases d’Oak Park, on predominen els edificis victorians. Gaudí també va trencar amb les idees imperants, cosa que en alguns casos va costar-li car. Ambdós van avançar-se al seu temps, i la seva obra ha estat molt més valorada posteriorment. Si més no aquesta és la impressió que jo en tinc.

Casa dissenyada per Frank L. Wright (M. Piqueras, 1996)
Els qui no estan massa complaguts amb l’atracció despertada per l’obra de Wright són els actuals habitants de les cases que ell va contruir a Oak Park. Alguns han col·locat cartells de protesta contra el turisme a les portes i façanes, i després del que em va explicar el guia de la casa-museu vaig comprende molt bé l’actitud d’aquelles persones. És possible que si els visitants es limitessin a contemplar els edificis des del carrer i del carrer estant fessin les fotografies que volguessin, els veïns no se sentissin molestos. Però de vegades —massa sovint, pel que sembla— la curiositat dels turistes els empeny a ficar-se en els jardins, i fins i tot a apropar-se a les finestres per clissar el que la vista els permet de veure de l’interior de les habitacions.

Unity Temple, Oak Park (foto Aude, CC-BY-SA-2.5)
Després de visitar la casa-estudi vaig seguir voltant per Oak Park. Era ja tard per visitar el Temple de la Unitat (Unity Temple), una altra obra dissenyada per Wright el 1905 per reemplaçar l’església, que s'havia cremat. Vaig poder veure’n només l’exterior de formigó. En fer aquest edifici, Wright tenia el repte de fer una obra grandiosa però que no fos massa costosa. I això ho va aconseguir amb els materials emprats, amb la simplicitat de les línies, i fent que alguns dels detalls que semblen decoratius tinguin en realitat alguna funció específica. En canvi, sí que em va ser possible veure per dins l’oficina de correus, un altre edifici públic que porta la firma de Wright. 
El guia de la casa de Wright va estar explicant molts detalls de la seva vida i em semblava com si fos una història que jo ja coneixia. De sobte se'm va encendre la llumeta: s'assemblava molt a la història del protagonista de la novel·la d'Ayn Rand El Manantial, de la qual es va fer una pel·lícula. El guia em va confirmar que el personatge de ficció tenia molts punts en comú amb Wright, tot i que l'autora va dir que la inspiració en Wright es limitava a idees específiques que ell tenia sobre l'arquitectura. Tanmateix, molts fets de la vida privada de Wright coincidien amb el que jo recordava de la novel·la i del film.

He fet un cop d'ull a les fotos que vaig fer a Oak Park el 1996 i continuo pensant que l'obra de Wright no ha perdut gens de frescor. És un disseny que podria haver estat fet el segle XXI. De tota manera, si des de 1996 el turisme ha augmentat a Oak Park en la mateixa proporció en què ho ha fet a tants altres llocs del planeta, viure en alguna d'aquelles cases no deu ser gens agradable. Si aleshores ja patien les molèsties dels visitants, tot i que no se'n veien molts, ara deuen sentir-se com personatges instal·lats en el decorat d'un parc temàtic.

diumenge, 17 d’agost del 2014

Estius pretèrits (IV): Itàlia

Venecia, Gran Canal, 1959
Si alguna vegada em perdo, busqueu-me a Itàlia. Un país --o millor un estat, perquè és com un puzzle de molts països-- on em sento com a casa i on no m'estranya que s'hi definís la síndrome de Stendhal. Vaig tenir la sort que el meu pare i la meva mare fessin un viatge a Itàlia --en una Vespa-- i en quedessin enamorats. Així que, tan aviat com va ser possible, van organitzar unes vacances italianes amb tota la família: ells dos i els quatre fills (els meus tres germans i jo). Des d'aquell primer viatge de 1959 hi he tornat moltes vegades i per motius diversos: vacances, congressos, cursos, fires, reunions professionals, visites a gent amiga... I en totes les estacions de l'any. Em limitaré aquí a recordar alguns detalls de viatges fets amb els meus pares i els meus germans.

El primer cop que vam anar a Itàlia ho vam fer en un Seat 600. Sembla increïble, però ens hi encabíem sis persones i l'equipatge, que no consistia només en la roba i efectes personals de cadascun, sinó que també incloïa una tauleta, alguna cadira plegable, un fogonet de càmping, una cafetera i alguna altra cosa. Això era perquè, per no gastar tants diners, molts dies dinàvem en el camp, a costat d'alguna carretera; si trobàvem algun lloc amb una font, millor. Primer ens aturàvem en alguna ciutat o poble a comprar menjar; normalment alguna cosa per preparar entrepans i fruita. El meu pare no perdonava el cafè després de dinar i per això dúiem el fogonet i la cafetera (i cafè molt, naturalment). A la nit sopàvem de calent, en el poble o ciutat on ens ens aturàvem a dormir.

Els quatre germans sèiem en el seient del darrere i sovint ens barallàvem perquè dèiem que algú anava més ample que els altres. Tant era així que, de vegades, la meva mare agafava el meu germà Xavier, que va fer cinc anys durant aquell viatge, i se l'asseia a la falda, al seient del davant, una cosa impensable avui dia, però molt normal aleshores.

Dúiem un itinerari aproximat, però de vegades el modificàvem. I no anàvem amb cap reserva d'hotel,  la qual cosa feia que en algunes ocasions estiguéssim a punt d'haver de dormir al ras o dins del cotxe. En el primer viatge a Itàlia, la primera nit vam aturar-nos en alguna població del sud de França --devia ser prop d'Aix-en-Provence-- i la segona ja va ser a Itàlia, a Albenga, prop d'Imperia. Era un hotel molt senzill que es deia Casa Manuela --el nom de la mestressa-- i el duia una família. Ens hi vam trobar bé i va esdevenir un lloc habitual per quedar-nos a dormir en altre viatges o quan hi anava el meu pare per feina. "I signori spagnoli!", deien en veure'ns arribar.

En un viatge que vam fer el 1967 vam decidir fer nit a Sanremo i vam estar voltant per la ciutat sense trobar cap hotel que tingués habitacions lliures. Algú ens va dir que a l'hotel Savoy potser en trobaríem. I sí que en vam trobar, però quan ens van dir el preu ens vam quedar de pedra. De tota manera, com que estàvem molt cansats i ja era molt tard, els meus pares van decidir que ens hi quedéssim i que ja intentaríem estalviar en altres llocs. Cal tenir en compte que en aquella època gairebé ningú no disposava de targetes de crèdit i quan es viatjava es duien al damunt els diners que pensaves que podies necessitar i normalment alguns més per a alguna eventual emergència i aquell dia la teníem. L'hotel Savoy de Sanremo era l'hotel més luxós que jo havia vist a la meva vida, amb grans salons i unes habitacions molt espaioses, on hi havia una taula molt gran per escriure, amb paper amb el membret de l'hotel. Això del paper per escriure em va semblar d'un luxe extraordinari. En el preu hi entrava el sopar i l'esmorzar i, si bé no recordo què ens van donar per menjar, sí que recordo que el menjador era impressionant.

Pel cràter del Vesuvi (1967)
La primera vegada que vam anar a Itàlia vam descobrir la pizza, aleshores desconeguda aquí. Això sembla estrany avui dia, quan les pizzes es troben pertot, ja sigui a restaurants, a supermercats o a petites botigues de queviures. I el lloc on la vam menjar i l'escena que vam viure semblaven trets d'un film del neorealisme italià. Va ser en una trattoria de Caserta, on vam fer nit camí de Nàpols. El padrone era una home malcarat, que contínuament renyava un noiet que feia de cambrer, un nen que no tindria més de dotze o tretze anys. Quan el nen venia cap a la nostra taula amb una pizza a cada mà, va ensopegar i un dels dos plats li va caure a terra, es va trencar i la pizza, a més, va caure de cap per avall, embrutant el terra amb el tomàquet i la mozzarella. Molts anys després, en converses de família, encara recordàvem la cara d'espant d'aquell vailet mentre esperava la reacció del seu amo, que va ser com esperava, amb una gran bronca. Ens va fer molta pena.

Logotip d'Agip vers el 1960
Per entretenir-nos, per la carretera anàvem mirant les tanques publicitàries, que aleshores n'hi havia moltes, i una que ens feia sempre molta gràcia era la d'unes galetes de marca Tamburino que tenien com a distintiu un soldat tocant el timbal. En els cartells de la carretera deia "Allegri bambini! Arriva la banda dei Tamburini". Hi havia també molts cartells de la gasolina Agip, que tenia un logotip que era una bèstia que podria haver estat un lleó o un drac (treia foc per la boca), amb sis potes, però que devia ser un gos, perquè en alguna ocasió vam veure anuncis que deien "Il cane a sei zampe sempre fedele amico dell'uomo a quattro ruote".

Josep, Joan i Xavier en un pont venecià (1959)

Vam anar algunes vegades a Venècia, però mai ens hi vam quedar a dormir (la primera vegada que vaig fer una estada d'uns quants dies a Venècia va ser quan hi vaig anar a un congrés, bastants anys més tard). En una ocasió que vam passar uns dies a Chioggia --una població de la llacuna Vèneta-- vam anar a Venècia en un vaporetto que feia el trajecte com un autobús interurbà, però per l'aigua.  Al migdia, buscàvem un lloc per dinar i ens vam aturar a mirar un mostrador amb peix i marisc que hi havia a l'entrada d'un restaurant. Un cambrer ens va convidar a entrar-hi i ho vam fer. Ens va dur a una taula molt elegant i ens va dur la carta, juntament amb el full del menú turístic, que era obligatori que tinguessin disponible tots els restaurants. Quan va venir a apuntar la comanda i vam demanar sis menús turístics, el cambrer, sense dir una paraula, ens va prendre els tovallons de roba que hi havia a costat de cada plat, va treure també les estovalles --no va ser fàcil, amb la taula ja parada--  i ens va dur tovallons i estovalles de paper.

Aquell any, el dia de l'aniversari del meu germà Xavier --18 d'agost-- érem a Chioggia i vam anar a sopar a La bella Venezia, un restaurant de la part vella que el meu pare coneixia dels viatges de negoci que feia a aquell poble. Sense que el Xavier ho sabés, vam encarregar-los un pastís amb tretze espelmes. Vam sopar en una taula al pati del restaurant i, en arribar a les postres, de sobte es van apagar els llums i va venir un cambrer amb els pastís amb les espelmes enceses i cantant allò de "Happy birthday to youuuuu!" Va deixar el pastís davant del Xavier, perquè bufés les espelmes i la gent que sopava en el patí li va fer un gran aplaudiment. Ell, que era molt tímid, es va posar vermell com un tomàquet i es moria de vergonya.

Aquells dies eren les festes de Chioggia i en una plaça que havíem de travessar per arribar a La bella Venezia hi havia un concert d'un cantant que per a nosaltres era nou, però que Itàlia estava causant furor: Al Bano. Crec que és la vegada que m'he sentit més angoixada enmig d'una gernació, amb la sensació de no poder anar endavant ni enrere i gairebé com si em faltés l'aire, malgrat que fos en el carrer. Hi havia bogeria per sentir Al Bano i a la plaça no hi cabia ni una agulla. El cantant devia fer bolos per l'Adriàtic perquè uns dies més tard, que ens vam aturar a Cattolica, era ple de cartells que anunciaven que hi cantaria aquell vespre. Una cosa que ens va agradar molt de les festes de Chioggia eren les parades, com si fossin xurreries, de peixet fregit; el venien dins d'unes paperines de paper i, com feia la gent del poble, nosaltres també els menjàvem pel carrer.

Ens pensàvem que Itàlia era un país més obert que Espanya pel que fa als costums i la moral, però en els pobles estaven encara bastant endarrerits. Mentre érem a Chioggia, la filla d'una família que coneixíem havia tingut una nena i vam anar a l'hospital a visitar-la i conèixer el nadó. A la porta, una monja es va acostar a nosaltres i, senyalant-me a mi, va dir que jo no podia entrar-hi... perquè duia pantalons! Potser ho hauria entès si hagués dut shorts, però eren uns pantalons llargs. Fins i tot anys més tard vaig comprovar que Chioggia seguia sense posar-se al dia en altres coses. Devia ser el 1996, que hi vaig anar amb el meu pare a finals d'octubre. En una botiga del centre vaig comprar dos jerseis per a les meves filles. Vaig allargar a la venedora la meva VISA i la dona va cridar "Mario!", i de la rebotiga va sortir un noi, el seu fill, que es va enfilar a una escala per baixar l'aparell de la VISA de la part més alta d'una prestatgeria. La dona devia adonar-se de la meva cara de sorpresa i em va aclarir que, en acabar la temporada d'estiu, guardaven la màquina de la VISA perquè només els turistes pagaven amb targeta de crèdit; la gent del poble sempre ho feia en efectiu.

En aquell mateix viatge de 1967, camí de Ravenna, ens vam aturar a fer nit en un motel. A la gasolinera tenien dues mones lligades a sengles cadenes bastant llargues perquè es poguessin moure bé i també tenien dos gossos, un de bastant petitó i un altre de més gran, que corrien d'un costat a l'altre. Una de les mones, que s'havia deslligat, va ser protagonista d'algunes escenes molt divertides (una d'elles, però, aleshores no em va divertir gens). No sé per quin motiu, va començar una persecució entre els gossos i la mona. El gos petit empaitava la mona i el gos més gran corria darrere del petit. Quan el menjador no havia obert encara per sopar --per sort-- la mona va entrar-hi i al seu darrere ho van fer els gossos. La mona van anar saltant de taula en taula i els gossos la perseguien corrent per terra. Després, mentre sèiem a la terrassa esperant l'hora de sopar, la mona, ja lliure dels perseguidors, va apropar-se a nosaltres. Jo vaig intentar acariciar-la i ella potser va creure que volia fer-li mal. El cas és que va ajupir-se i em va mossegar el dit gros d'un peu. Vaig reaccionar de manera gairebé automàtica agafant-la pel llom i apartant-la de mi com si la llencés. La mona es va espantar encara més i es va refugiar en la meva mare, abraçant-se a una de les seves cames i es va deixar acariciar per ella; després era la mateixa mona la que semblava que acariciés la cama de la meva mare. Jo, que en cap moment havia volgut fer mal a la mona, estava molt emprenyada amb ella, però vaig trobar l'escena tendríssima. (He de dir que la meva mare tenia la mà trencada per tractar animals; era com una mena de Sant Francesc en dona. Li agradaven molt i tots li feien cas. Mai no vaig veure un gos que li bordés.) L'endemà al matí, quan vam sortir del motel per marxar, la mona era de nou lligada a  la gasolinera, com la seva companya.

Però l'aventura que va ser més desagradable tot i que després ens n'hem rigut moltes vegades en recordar-la va passar-nos travessant la península des de Bari a Nàpols. Per passar de la costa de l'Adriàtic a la del Tirrè, calia travessar els Apenins i a la carretera es feien moltes cues. En un canvi de rasant amb línia continuada al mig ens va avançar un camió i en aquell moment jo vaig recordar un film de Fellini en què Alberto Sordi, des d'un cotxe treu la mà i fa unes banyes a uns operaris de la carretera. Mentre ens avançava el camió, no se'm va acudir altra cosa que treure la mà per la finestra i aixecar-ne el dir petit i el dit gros. Quan vam arribar a un tros de carretera que era recte, el camió, que havia afluixat la marxa, va aturar-se al mig, impedint el pas de vehicles per cap costat --la carretera seguia sent estreta-- i nosaltres i tots els cotxes que venien al darrera ens vam haver d'aturar també. Van baixar dos camioners amb aspecte molt poc amigable i es van dirigir cap el nostre cotxe. Semblaven dos pistolers de l'oest sortits d'algun spaghetti western. Un d'ells em senyalava i no parava de dir "La signorina mi ha fatto le corna! La signorina mi ha fatto le corna!" Mentre el meu pare ens deia que no obríssim les portes, es va apropar un home d'un dels cotxes que s'havien hagut d'aturar i va preguntar-los què passava. El xofer insistia: "La signorina mi ha fatto le corna! La signorina mi ha fatto le corna!"  El samarità intentava calmar-los i en això que es va sentir la sirena de la policia que venia en sentit contrari. El cotxe dels carabinieri es va aturar i aquell home va parlar amb ells. Després, els carabinieri van indicar als del camió que l'aparquessin al costat de la carretera. Amb la seguretat que donava la presència dels carabinieri, ja vam obrir les finestres i jo vaig dir-los que ho havia vist en un film italià, que quan algú feia una cosa mal feta per la carretera, s'aixecaven aquells dos dits i, com que ells havien fet un avançament molt perillós en un canvi de rasant, per això jo els havia fet el gest. M'imagino que després devien riure bastant. Ens van dir que farien un atestat als camioners i que nosaltres marxéssim. El samarità ens va demanar que ens aturéssim en una estació de servei pocs quilòmetres més endavant. Allà ens va convidar a uns refrescos. Va dir-nos que, com a italià, estava avergonyit del comportament d'aquells camioners i es volia disculpar. Va afegir que potser el primer negoci d'Itàlia era la Fiat, però que el segon era el turisme i calia tractar bé els turistes.

Com aquestes anècdotes, en podria recordar moltes més. No disposàvem de les comoditats que hi ha ara, ni pel que fa als cotxes (eren petits i menys potents que els actuals) o carreteres (a Itàlia l'única autopista que recordo ja construïda i no completament era l'autostrada del Sole) ni pel que fa als hotels (en molts hotels on vam allotjar-nos, calia sortir fora de l'habitació per anar a al lavabo, per exemple). Però ens ho passàvem molt bé i sempre trobàvem algun motiu per riure.

diumenge, 10 d’agost del 2014

Estius pretèrits (III): De vacances al "pazo" de Quintáns

Pazo de Quintáns (Noalla, Sanxenxo, 1984)
L'estiu de 1984 va ser excepcional. Vam anar de vacances al pazo de Quintáns, una casa del segle XVII a Noalla, que pertany al municipi de Sanxenxo (Pontevedra). No era cap parador, hotel o casa de turisme rural --em sembla que les cases de turisme rural encara no existien o potser tot just començaven-- sinó una casa que pertanyia a una família, els Castiñeiras, originaris de Sanxenxo. La generació propietària de la casa era molt nombrosa, però eren pocs els qui la freqüentaven. Un d'ells era el marit d'una cunyada meva (germana del meu marit); amb la dona i les dues criatures hi anaven de tant en tant, i especialment cada estiu, per passar-hi les vacances. Aquell any va coincidir amb el nostre període de vacances i ens vam posar d'acord per anar-hi també nosaltres. La casa era prou gran per encabir-hi dues famílies i encara sobrava espai. A més, com que ells vivien a Oviedo i nosaltres a Barcelona, era una oportunitat per passar uns dies plegats. A mi em feia il·lusió especialment per la mainada, perquè cosins que gairebé no es coneixien poguessin tractar-se una mica.

Pazo de Quintáns, capella (1984)
En arribar a Noalla, la vista d'aquella casa em va impressionar. Aparentment no semblava molt gran, no era d'aquells pazos que semblen gairebé palaus, però la finca estava envoltada d'un mur de granit, excepte davant de la façana, que es podia veure des del camí i apreciar-ne l'escut damunt del balcó; i a tocar de la casa tenia una petita capella amb una creu de doble cara al damunt, com les dels cruceiros que es troben en moltes places o cruïlles de camins. Hi havia molta vegetació que en alguns llocs sobresortia per damunt del mur i les façanes eren cobertes d'heura. I si la casa no semblava molt gran externament, des de l'exterior ja era evident que la finca ocupava una gran extensió. La primera foto esta feta des del petit jardí davant de la casa, ja en la part interior de la tanca. La segona foto mostra la capella vista des del balcó. Per la porta que es veu a l'esquerra de la capella es passava a un gran jardí on hi havia una font amb un brollador i em sembla que també hi havia un pou. Des d'allà, per una escala exterior, es pujava a la planta principal de la casa. Adossat a la façana hi havia un banc de pedra --de granit, com tota la casa-- i al damunt un altre escut.(Per cert, ara m'he adonat de baixa qualitat de la impressió de les fotografies, que amb els anys han perdut la coloració original.)

Pazo de Quintáns, escala principal

Les dues Anas, Gorka i Aitor prop de l'escut
Ens van assignar l'habitació que donava al balcó principal. Era un dormitori gran, que en tenia annexat un altre de més petit on dormirien les nostres filles i fill. Aquell petit dormitori de la mainada tenia una porteta que comunicava directament amb el passadís, perquè no haguessin de passar pel dormitori dels pares si durant la nit volien anar al vàter.

La mainada també  estava impressionada, els semblava una casa de pel·lícula, on podien passar moltes històries fantàstiques i on els fantasmes dels antics propietaris potser passejaven cada nit per aquells passadissos. (De fet, era una casa "de pel·lícula"; pocs anys abans va ser llogada per filmar-hi una pel·lícula i es va aprofitar l'ocasió per fer-hi algunes obres de manteniment.) I tant s'ho van creure, això dels fantasmes, que durant la nit no gosaven sortir sols del dormitori. El terra de la casa era de fusta i en caminar-hi al damunt el cruixit que feia potser els semblaven gemecs de fantasmes. Cada nit em tocava fer d'acompanyant unes quantes vegades --no recordo si jo era l'única que els sentia o potser ja deien directament "mama!, perquè sabien que el seu pare probablement no es despertaria. De tota manera, a mi, que en aquella època de la meva vida em despertava el més petit soroll, la remor dels corcs --o potser tèrmits?-- que des de qui sap quan s'anaven menjant les bigues de la casa, no em deixava dormir. Al matí, unes minúscules piles de serradura indicaven en quina part de la biga havien fet el seu banquet.

Hi havia dos espais de la casa que em fascinaven: la cuina i la galeria. La cuina era molt gran i, si la memòria no em falla, tenia diverses finestres. Es feia servir també de menjador i la taula era una meravella, coberta de mosaic, en comptes de la típica fusta de sobretaula. I a diferència de la resta de la casa, allà el terra no era de fusta, sinó de pedra. Però el millor lloc era la galeria, que només tenia una paret i la resta eren grans finestrals de vidre amb una vista fantàstica. Per l'esquerra s'arribava a veure el mar obert, l'oceà Atlàntic, i per la dreta es veia la ria d'Arousa, amb el poble de O Grove i l'illa da Toxa, que aleshores es deien encara El Grove i la Toja. Els primers dies no podíem obrir totes les finestres d'aquella galeria perquè l'heura que s'enfilava per la façana havia crescut tant que s'havia aferrat a l'estructura de fusta de la galeria i els marcs de les finestres. Va ser necessari fer una gran poda per poder eliminar aquell obstacle

Cosins i cosines jugant a la galeria del pazo

Camí de l'hórreo (Gorka i Elena)
Però no va ser l'única poda que es va fer en el pazo. La més emocionant per a la mainada és la que es va fer per arribar a l'hórreo, el típic graner gallec. Al principi, ni ens vam adonar que hi havia un hórreo a causa de les plantes que l'ocultaven: esbarzers, falgueres gegants i llorers (els llorers creixien pertot, com una mala herba). El temps escampa una boira sobre els meus records i no sé quines eines van fer servir; no crec que hi hagués tisores de podar per a tothom, però recordo que la mainada i els dos pares (homes) van passar moltes hores per obrir un camí que permetés anar des del jardí fins a l'hórreo. No crec que haguessin trobat més emocionant obrir-se camí en una selva tropical.


Ja falta poc per arribar-hi (Aitor i Ana FCP)

Hi hem arribat!
Cada matí anàvem a la platja més propera, la de la Lanzada, que és una de les més llargues de Galícia, uns 2,5 quilòmetres, situada entre Sanxenxo i O Grove. Jo només em mullava els peus i poca cosa més perquè l'aigua era fredíssima. El primer dia vaig intentar nedar una mica, però vaig sortir de l'aigua tota jo entumida. I quan tornàvem al pazo, en el jardí es connectava la bomba del pou i es feia una dutxa per treure's la sal amb una aigua que recordo tan freda o més que la del mar.

Vam explorar més llocs del pazo. En un extrem de la finca hi havia una cabana, també de granit, que antigament havia estat la casa dels guardes. A l'interior es conservava encara un forn de pedra per fer pa. I en un armari en la planta baixa de la casa vam trobar ple revistes i diaris antics que a mi em van tenir entretinguda uns dies.

Tot i que Noalla sigui una parròquia de Sanxenxo, anàvem a comprar a O Grove; no sé si era més a prop o potser hi havia més facilitats. Recordo una botigueta típica de poble, amb una botiguera ja de molta edat, a qui vam comprar alguns dies empanada. Eren unes empanades casolanes, fetes per ella mateixa, una delícia... Una empanada feta a còpia de pastar amb les mans, prement la pasta, colpejant-la damunt la taula. A O Grove vaig comprar molts sabons de sals de La Toja. Els turistes els compraven en el balneari de l'illa segurament sense adonar-se que en el poble els podien comprar molt més barats.

El dia abans de la nostra marxa, a costat de la casa, la meva cunyada Elena va trobar un gos de raça afgana (em sembla; tenia el morro llarg i fi) que semblava abandonat. Ella era una gran amant dels animals i va donar-li de menjar i el gos la va seguir de seguida. L'animaló no va mostrar ganes de marxar i recordo que l'endemà encara corria pel jardí. Van decidir que, si el dia que havien de tornar a Oviedo ningú no l'havia reclamat, se l'endurien. Després, durant uns anys van tenir un gos, però no estic segura si era el que va aparèixer aquell dia a Noalla o un altre.

Vam deixar Noalla amb tristesa, especialment la mainada que s'ho havia passat molt bé amb la cosina i el cosí, explorant aquella casa de pel·lícula i el seu jardí i hort on es perdien, anant a la platja, fent excursions. Els grans, perquè sabíem que trigaríem molt a poder passar de nou uns dies plegats, allà on fos.

No vaig tornar a Galícia fins a la tardor de 1993, i va ser una estada breu. Ens estàvem a Cambados i un dia ens vam apropar a Noalla, per veure el pazo de Quintáns encara que només fos per fora. L'heura notava ja el canvi de temperatura i en alguns punts estava ben vermella. Les fotos m'ho han fet recordar:

Pazo de Quintáns, façana principal (1993)

Pazo de Quintáns, capella (1993)

Fa uns vuit o nou anys van dir-me que els Castiñeiras García havien venut el pazo al Concello (Ajuntament) de Sanxenxo. Sé que hi ha hagut projectes --o idees-- per fer-hi un museu de la sal i lloc de celebració de casaments civils, una escola d'hostaleria i potser algun projecte més. A Youtube he trobat un vídeo del pazo de Quintans. N´és l'autor Pedro Castiñeiras García, fill d'una parella que eren copropietaris de la casa el 1983, i el vídeo està datat el 2012. M'ha fet il·lusió veure de nou aquell lloc. El jardí i hort ja no són aquella selva d'esbarzers i falgueres gegants i l'hórreo està visible en la seva totalitat. No m'imaginava que fos tan gran; el 1983 es va obrir camí per arribar-hi, però només fins a la porta. Però m'ha fet una gran tristesa veure la galeria, amb tants de vidres destrossats.



No sé si des que Pedro Castiñeiras va enregistrar el vídeo es deu haver fet res per aturar el deteriorament de la casa, però ho dubto. He trobat un web que es diu Patrimonio galego i, en la pàgina dedicada al pazo de Quintáns, diu:
Actualmente a propiedade está abandonada. A cuberta vese derrubada nalgúns tramos e faltan partes no piso de madeira, estando o resto apodrecendo. Na galería esterior faltan os cristais das fiestras e medra a vexetación que está a invadir o espazo interior.
Tant de bo hi facin aviat alguna cosa. Seria una llàstima que un pazo que forma part del patrimoni històric i cultural de Galícia i que havia resistit tan bé fins fa poc, ara es convertís en ruïnes per la deixadesa de l'administració.

Fotos: M. Piqueras

divendres, 8 d’agost del 2014

Estius pretèrits (II): Aquells "cotxes" i carreteres...

Fa un parell de dies parlava de les estades familiars a Sant Pere Pescador, a casa de la meva tia Elvira. He intentat recordar quin mitjà fèiem servir per anar-hi. Alguna vegada hi havíem anat amb tren. Per exemple, quan la meva àvia va anar a passar-hi unes setmanes i em va dur amb ella perquè la meva mare pogués descansar una mica. Feia pocs mesos havia nascut el meu germà Josep i el part va ser molt difícil i complicat (havia de néixer a casa, però la llevadora, després de moltes hores, va fer dur la meva mare a una clínica) i el postpart encara pitjor perquè la meva mare va contreure unes febres puerperals i va estar molt greu. Per anar a Sant Pere calia baixar del tren a Sant Miquel de Fluvià i allà s'agafava un cotxe de línia de la SARFA o bé s'havia fet un acord amb algun taxista.

Antic cotxe de línia de la SARFA (procedència: Arran i Arreu del país)

Amb els pares i germans, però, em sembla que sempre hi vam anar amb "cotxe". I ho poso entre cometes, perquè els vehicles que hi va haver a casa meva en alguns èpoques o eren cotxes molt antics, com a mínim de tercera o quarta mà o no eren precisament allò que s'entén per cotxe. El primer que recordo era un cotxe negre; no sé si era un Balilla, però les fotos que n'he vist m'hi fan pensar.


Cotxe familiar (1948)

Després vam tenir un Ford T, que era un model del 1927, però que el meu pare va fer modificar perquè no semblés tan vell. No sé per què, a aquell cotxe li dèiem el Tomasín; em ronda pel cap com si vingués d'alguna pel·lícula d'humor antic, de Jaimito o Charlot. He de dir que el meu pare havia tingut sempre la mà trencada per als motors; mai no se li resistien i en podia arreglar qualsevol avaria, llevat de les que necessitaven instal·lacions o recanvis especials per fer-les. Per això, encara que els primers vehicles fossin vells, ell en podia treure molt bon partit.

Ford T modificat. Benedicció San Cristòfol (aprox. 1954)
Després --o potser va coincidir durant algun temps amb el Tomasín-- el meu pare va comprar una Vespa amb sidecar, però no recordo que la fes servir per viatjar amb la família tan lluny (sí, però, per a viatjar ell i la meva mare, que amb la Vespa van anar un estiu a Galícia i un altre a Roma); com a molt, a la platja, per la part de Gavà o del Maresme. El següent vehicle va ser un Delfín: només tenia tres rodes, i era bastant petit. No sé com ens hi ficàvem tota la família i l'equipatge. Per fi va arribar el primer cotxe "de debò": un SEAT 600. Tan bon punt es va obrir la inscripció de sol·licituds per comprar-lo, el meu pare s'hi va apuntar, però la demanda era molt superior a l'oferta i calia esperar molt de temps, pel cap baix dos anys o més. Deien que això era perquè qui tenia influències o pagava suborns, passava al davant de la cua. Eren tantes les ganes de tenir un cotxe modern i nou que hi havia en el país, que algunes persones van fer negoci amb això; compraven el cotxe i, sense estrenar-lo, el revenien. Deien que els pagaven el doble o més del seu preu original. El cas és que cap al 1958 vam tenir el primer SEAT 600. Era de color taronja i descapotable. El meu pare no el volia descapotable, però si no s'acceptava el model i color que t'adjudicaven, calia esperar més temps. I la espera havia estat ja prou llarga.

Dels viatges amb cotxe a Sant Pere Pescador --fos quin fos el tipus de vehicle-- hi havia dues coses que m'agradaven: el pas per Arenys de Mar i la parada per esmorzar que fèiem a l'Hostal de Cal Coix. A Arenys de Mar es feien cues perquè la carretera passava per dins del poble i en algun punt era tan estreta que només se circulava en un sentit. Un semàfor regulava el pas pel poble i tot i que en aquella època la circulació per les carreteres era escassa, a Arenys semprecalia aturar-se, fet que aprofitaven les botigues d'ametlles: un venedor o venedora passava amb una safata a costat dels cotxes i oferien les típiques ametlles d'Arenys (vegeu-ne l'anunci, procedent d'un programa de festa major; font: sabaterdevell) . La meva mare sempre els en comprava alguna bossa: ametlles i pinyons. A mi m'agradaven molt més els pinyons. Després hi havia la parada a Cal Coix, on esmorzàvem pa amb tomàquet i pernil o botifarra. Era un lloc molt modest, res a veure amb les fotografies que veig ara per Internet, tot i que l'edifici sigui el mateix. No sé a quina velocitat se circulava per les carreteres, però el viatge ens ocupava tot el matí i per això ens aturàvem a esmorzar; normalment arribàvem a Sant Pere ja a l'hora de dinar. Deixàvem la N-II a costat d'un riu, que em sembla que ja era el Fluvià, que després no tornàvem a veure fins que ja havíem arribat a Sant Pere.

I no sé fins a quin any devia durar, però recordo molts viatges en què el meu pare duia amb ell un salconduit (salvaconducto) per anar a aquelles contrades. Com que era ja prop de la frontera francesa, calia tenir un permís de l'autoritat que indiqués quin era el destí del viatge. La guàrdia civil podia parar qualsevol cotxe per les carreteres de l'Alt Empordà i hauria estat un problema no dur-lo, tot i que no crec que aquella parella amb tres criatures (quatre després del naixement del meu germà Xavier) tingués aspecte de sospitosa. No sé si el salconduit el lliurava la policia o l'alcalde de barri. (L'alcalde de barri era una mena d'autoritat civil que tenia potestat per a fer certificats de bona conducta. Per "bona conducta" s'entenia sobretot no tenir idees polítiques contràries al règim.) Com que el meu pare no s'havia ficat mai en política --tot i que durant la guerra havia estat en el bàndol republicà-- sempre li van donar el salconduit sense problema. Potser hauria estat d'una altra manera si haguessin sabut que, amb els aparells de ràdio que es construïa ell mateix, de vegades escoltava La Pirenaica, que no sé perquè anomenaven així (el seu nom real era Radio España Independiente); no emetia des del Pirineu, sinó que primer va fer-ho des de Moscou i després des de Bucarest.

Per Internet he trobat alguns salconduits i veig que n'hi ha de tipus diferents, alguns són individuals i d'altres inclouen diverses persones, amb foto o sense. Els que jon recordo del meu pare, eren un full al seu nom i no duia fotografia. Una cosa com això:


Em sembla que els salconduits del meu pare esmentaven Figueres, no pas Sant Pere Pescador, potser perquè la població gran més propera.

Després d'aquell Seat 600, a mesura que el cotxe es feia popular, i que se n'abaratien els preu, ja va passar a tenir-ne de més grans. De tota manera, fins i tot amb cotxes com el Seat1400, calia organitzar-se molt bé per viatjar tota una família numerosa com la nostra.

dimecres, 6 d’agost del 2014

Estius pretèrits (I): Sant Pere Pescador

Com que ja fa anys que el mes d'agost no acostumo a marxar de Barcelona, llevat que sigui alguna sortida d'un dia o pocs més; i com que sóc ja en aquella edat --com diu Raimon-- "amb més records que projectes, amb més passat que futur", enguany intentaré desempolvorar alguns records d'estius passats. Records que es desperten en mirar velles fotografies. No ho faré en ordre cronològic, sinó com em vingui de gust; triant fotos que em portin algun record sense tenir en compte l'època en què es van fer. Començo, doncs per aquesta fotografia de la nena plena de picades de rantells, com anomenaven els mosquits a Sant Pere Pescador.

A la fotografia no s'aprecia molt, però gairebé per totes les parts visibles del meu cos tenia picades. Els insectes xucladors han tingut sempre una predilecció especial per mi i en aquells temps, a Sant Pere Pescador, especialment vora el riu, els mosquits formaven núvols que calia apartar amb la mà. La gent del poble ja hi estaven acostumats i devien estar-hi immunitzats. Quan els forasters es queixaven dels mosquits, la sogra de la meva tia Elvira --la meva tia era una germana de la meva mare que en casar-se va anar a viure a Sant Pere-- deia sempre "Rantells? Poc que n'hi ha, de rantells!" Però jo marxava del poble sempre plena de les seves picades. Em sembla que la taca que se'm veu a la cama, en la foto, era sang d'haver-me rascat massa una picada.

Malgrat les picades, m'agradava molt anar a Sant Pere, que aleshores era un poble de pagesos i pescadors. A la majoria de les cases --de dos o tres pisos-- la planta baixa estava dedicada als animals i en el pis del damunt hi vivia la família. Moltes tenien encara un altre pis al damunt que era una mena de graner i magatzem o també galliner. A la casa de la meva tia, però, els únics animals que hi havia eren gallines, que es trobaven a les golfes. Això és perquè la principal activitat del meu oncle --el seu marit-- era la de pescador. Tenia també un camp, on més endavant hi va plantar pomeres, però no tenia cavalls, vaques o porcs, com en altres cases.

En aquella casa, a la planta baixa, on en altres temps potser hi havia hagut un estable, hi havia un magatzem on el meu oncle guardava xarxes, nanses, salabrets i altres estris relacionats amb la pesca. A l'entrada, en una mena de rebedor o vestíbul, hi recordo una taula de despatx d'aquelles que tenien tapa de persiana (el meu avi matern també en tenia una, a Barcelona), una màquina de cosir Singer semblant a la que tenia la meva mare (i que ara tinc jo), alguna cadira, un penjador a la paret i poca cosa més. Ah, sí!, a l'hivern hi havia una estufa de llenya, d'aquelles que són cilíndriques i tenen una mena de xemeneia que es fa sortir a través de la paret de la casa. Tot just entrar, a l'esquerra hi havia l'escala que duia al pis amb els dormitoris. Al fons, també a l'esquerra, hi havia el vàter, que en realitat era una comuna: un seient amb un orifici per on queien l'orina i les defecacions ves a saber on, perquè no sé si en aquella època hi havia clavegueram en el poble i, si n'hi havia, potser no arribava fins allà. Més aviat penso que anés a parar tot a un pou negre.

A la planta baixa hi havia una altra habitació que era alhora cuina, menjador i sala; el lloc on es feia vida. Hi havia una pica amb una bomba manual, potser de ferro colat, per treure aigua d'algun pou, suposo. Tinc records borrosos d'aquells anys, però em fa l'efecte que també era el lloc on, cada matí ens rentàvem o s'agafava l'aigua per rentar-se en una palangana. M'agradava molt veure com funcionava aquella bomba I ara que hi penso em fa l'efecte que a l'habitació de l'entrada n'hi havia una altra, però no n'estic gens segura. Si més no, tinc el record de dues bombes de mà separades per la paret, o sigui devien extreure l'aigua del mateix pou. Possiblement la meva cosina Elvira --la filla de la meva tia de Sant Pere-- ho recordi; hauria de preguntar-li. D'aquelles bombes, en el poble n'hi havia també pel carrer i la gent hi anava a omplir càntirs i garrafes, cosa que em fa pensar que hi devia haver cases sense aigua. I a les que n'hi havia no n'hi havia per tot el que calia. Per exemple, les dones rentaven la roba en el riu. Quan anàvem al poble a l'estiu, jo també anava "a rentar"; m'agradava això de ficar-me dins de l'aigua i fregar la roba amb les mans i donar-li cops:



La meva tia vivia al carrer Major, si més no, oficialment. Però no era ben bé el carrer Major (que en aquell temps, a més, no es deia carrer Major, sinó carrer del Doctor no-se-què), sinó un cul de sac d'aquell carrer, com un passatge on només hi havia la casa de la meva tia i una altra al davant on vivia, amb la seva família, un home que durant anys va ser el secretari de l'Ajuntament. El carrer Major estava asfaltat, però no pas aquella entrada. De tota manera, era un lloc molt bonic perquè, arran de les cases, hi havia sempre plantes. El record més antic que tinc de les flors de nit (el dondiego de noche) és el de les que hi havia, tot l'estiu ufanoses, en aquell carreró. Les recordo de molts colors, vermelles, grogues, liloses, amb taques,... I a costat de la porta de la casa creixia una parra que s'enfilava per la façana. Malauradament, quan el progrés va fer que en un determinat moment asfaltessin aquell carreró, les plantes van desaparèixer. No sé si es va salvar la parra, però em fa l'efecte que també va ser eliminada.

Si, quan anàvem a Sant Pere, hi anava també el meu avi matern, que havia estat pescador, molts dies anàvem a la platja amb barca, baixant pel Fluvià fins a la gola del riu. Després el iaio tirava la xarxa i sempre s'agafava algun peix per sopar. Era una barca de rem i els qui normalment remaven --si no hi anava el meu oncle-- eren ell i la meva mare. (La meva mare, de joveneta, havia practicat el rem esportiu a Barcelona.) Encara recordo com, el meu avi, que tot i ser ja gran era més fort que ella, l'esperonava tot dient-li: "Boga, noia! Boga, noia!".  Un cop a la platja --deserta gairebé sempre--  jugàvem rebolcant-nos per les dunes i, quan era l'hora de recollir la xarxa, tothom, petits i grans, ens posàvem a fer força i tirar de la corda. (A la foto de la barca, els dos adults són el meu avi i la meva mare; la mainada, dos germans meus, un cosí de Barcelona, la cosina santperenca i, a la dreta, jo.)

Suposo que el meu interès per la llengua és innat, perquè recordo que de ben petita ja em cridava l'atenció la manera de parlar de la gent de Sant Pere; aquell "poc que n'hi ha, de rantells" (pronunciant el 'poc' com si tanquessin la boca) o paraules que a Barcelona no sentia dir, com ara 'un xic' en comptes de 'una mica'; 'trumfes', per 'patates'; 'amanir' en comptes de 'preparar' o 'arreglar' ("amanir la cartera" per anar a escola, per exemple); el 'pas' afegit a les negacions ("no ho sé pas"); l'ús de 'ser' en comptes d''haver' en formes compostes ("som anats" en comptes d'"hem anat"), o aquella "t" afegida a algunes formes verbals ('séntut' en comptes de 'sento').

Fins que no vaig tenir uns catorze anys, recordo un Sant Pere Pescador típicament rural. A l'estiu, els únics forasters eren persones que, com nosaltres, hi tenien parents, perquè no hi havia cap hotel ni altre lloc on allotjar-se. Però el boom turístic va arribar també a Sant Pere. L'Hostal Coll-Verd i el càmping La Gaviota (anys després va passar a dir-se La Gavina) van ser les primeres instal·lacions turístiques que s'hi van fer.  Però això ja és una altra història.

Fotos: S. Piqueras (dècades de 1940 i 1950)